Museo del OVNI de Victoria, mi experiencia

Este relato, que ya había comenzado a escribir hace un tiempo, antes de que exista éste blog, lo completé hace unos días y quedó, digamos, medio largo. No digo que no sea entretenido de leer porque, la verdad, su lectura es más o menos dinámica. Pero por las dudas, lo que se ve acá es un párrafo y en el vínculo del final pueden seguir leyendo la historia completa. Sin embargo, no creo que esté completa nunca dado que no puedo encontrar las fotos que yo mismo (y mi hermano Mauro) sacamos ése día, así que, se puede decir, es un relato mutilado (como las vacas). Nada, eso. Cualquier duda, si alguien quiere saber cómo llegar, me chifla. Estoy haciendo un mapita. Saludos.

PRENSA. Recorte del diario El Heraldo de Concordia, Entre Rios, del año 1991

PRENSA. Recorte del diario "El Heraldo" de Concordia, Entre Ríos, del año 1991

Les cuento, lo más rápido que pueda, mi experiencia en el Museo del OVNI en Victoria, Entre Ríos. Yo fui a Victoria porque nos pusieron un puente (yo vivo en Rosario) y bueno, un día pintó el poco sorprendente “y vamos a Victoria”. La segunda vez que estaba por ahí (casi familiar, un domingo a la tarde) un amigo me dice “tenés que pasar por el Museo del OVNI”. Ya había oído hablar del museo pero, primero, pensaba que estaba en medio de la nada y, segundo, pensé que sería una boludéz semi-turística de medio pelo. Pero cómo la persona que me lo recomendó era de mi más plena confianza quise saber más. “Es lo más bizarro que visité en mi vida”, me dijo él, que tiene algún que otro viaje al exterior. “Primero, la mina que te atiende, la directora… nada, es de otro planeta”, agrega. Un poco tentado, me hice informar sobre cómo llegar y cómo debía comportarme en un “museo” del OVNI. ¡¿Qué cosa es un MUSEO DEL OVNI?!. “Te sentás, el lugar es impresionante, y la mina, que se llama Silvia, te explica todo, todo, una ensalada de datos… y salís creyendo”, me dice. “¿Pero qué? ¿Hay extraterrestres ahí?”, pregunto. “Sí, y tiene un pedazo de nave, fotos impresionantes, vacas mutiladas, muchas pruebas…”.

Y así fue. Total no perdía nada con pasar a ver qué onda y, no sé, mirar aunque sea por la ventana (si es que había), poner cara de interesado, hacerme el serio.

Así que un domingo de esos de mucho sol coordinamos con mis viejos, mi hermano y mi novia para hacernos una escapada. La verdadera excusa fue un asado que morfamos enfrente de la Abadía y que nos dejó pipones y medio mareados. Pero a eso de las 3 de la tarde salimos a buscar el “museo” preguntando en las esquinas y en los bolichones de la zona. La mayoría de las personas nos miraban con cara de “ah, eso”, pero al final logramos que nos indicaran cómo llegar.

Silvia Pérez Simondini, directora del Museo del OVNI de Victoria.

Silvia Pérez Simondini, directora del Museo del OVNI de Victoria.

Llegamos. Estaba cerrado. “¡Golpeá, aplaudí, boludo!”, me decía mi viejo que, sentado en el auto, no salía del asombro de ver que el “museo” era una casa particular con un cartel en la puerta que bien podría haber dicho “Compostura de zapatos” y hubiese estado bien. Estaba en una esquina y la estructura era vieja, y parecía muy venida a menos; pintada a la cal y con algunas guardas verde militar. Yo tanteé una escalerita que daba al porche y relojeaba las ventanas (cerradas) como buscando algún indicio de vida inteligente. Todos estábamos entre tentado a reírnos o salir corriendo. “¡Golpeále!”, me gritaron. Esta vez no era mi viejo, sino otro viejo que, desde la vereda de enfrente, tomaba mates en una reposera de tela y me miraba como si tener el Museo del Ovni frente a su casa fuese más común que tener un almacén. “Gracias, gracias”, dije con esa formalidad campechana que impostamos cuando estamos en un pueblo.

Pasado un rato no tan largo (creo que ya me quería ir) nos fuimos acercando al auto como para irnos a la mierda. Nos sacamos una foto en la puerta a fin de no pensar “vinimos al reverendo pedo” y ya hablábamos de agarrar la ruta hasta Paraná (“Hay unas lomas hermosas”, me había dicho mi amigo) cuando de pronto se abrió de par en par una de las ventanas traseras de la casa. Nos quedamos quietos y clavamos los ojos en el cuadradito de la pared.

Se asomó una mujer despeinada con cara de loca que nos escrutó de arriba a abajo, paseando su mirada por nuestras ropas y nuestro auto. “Hola”, dijo mi viejo. Entonces la señora armó algo parecido a una sonrisa (como diciendo “hablan español”) y preguntó: “¿Vienen al Museo del Ovni”?. “Si. Está cerrado…”, agregué yo, medio a la defensiva.

Hubo un silencio de pajaritos y viento, hasta que la señora dijo “vengan que les abro”. Ahí nos miramos ya medio desilusionados de tener que entrar. A esa altura, habíamos comprobado que tal cosa existía (el Museo) y que había pinchado nuestras expectativas aún antes de entrar. Pero cruzamos unas miradas de resignación (menos mi viejo que no cree ni en su propio auto y parecía más entusiasmado que el resto). Los que estaban en el auto bajaron y mi hermano dijo “traé la cámara, traé la cámara”. Así que medio en fila india y como pisando huevos subimos una escalerita que daba a la puerta de un garaje (del otro lado podría haber habido un auto Unión o un Peugeot 404, pero no un Museo).

Del otro lado del portón se oían ruidos de cosas de metal. Como si hubiese cosas apoyadas y el portón no se abriese más que cada un mes o más. Busqué la mirada de mi hermano que estaba concentrado en la cámara de fotos, configurando, acomodando, encuadrando. Levantó la mirada desorbitada de ansiedad y nos cagamos de risa como con un chiste viejo y bueno. “Ahí le abro”, gritó la señora desde adentro, “Es que abrimos a las 4”, agregó. Efectivamente eran las cuatro menos cuarto. “Le cagamos la siesta”, dijo mi viejo con sorna. “Nos cagó el viaje a Paraná”, agregué. Unos segundos después se empezó a abrir un portón corredizo haciendo ruido como si fuese un hangar. Mi hermano alzó la cámara y todos, todos, instintivamente dimos unos pasos hacia atrás.

El portón, al abrirse, dejó ver el garaje de un loco, un obsesivo. El garaje de un enfermo. Y bien, ¿qué cosa que no sea eso es un museo?. Pero este era un garaje. Pensé que si Fox Molder de Los x-Files viviese en Victoria, tendría un lugar así. Aunque bien lo podríamos haber instalado mis amigos y yo cuando éramos jovencitos y revoltosos. Las tres paredes que podíamos ver (la cuarta era el portón mismo) estaban empapeladas de fotos, recortes de diarios, recortes de revistas, gacetillas, diplomas, prendedores, suvenires extraterrestres. Era una imágen entre tierna y patética. Sin embargo, nadie tuvo pensamientos negativos cuando Silvia, la directora, volvió a lucir su sonrisa amplia y algo desencajada, esta vez para indicarnos con su mano que podíamos ingresar. Ahí medio que nos miramos, formales y asustados, dándonos permiso de pasar primero entre nosotros.

Silvia caminó sin vacilar hacía el fondo del garaje y dobló un una puertita que, vimos después, daba a otra habitación pequeña que simulaba ser un auditorio. Para que se entienda, era como un aula de Nasa Computación, de esos que hay en los barrios. No era más grande que una peluquería de Barrio Ludueña. Con la directora a unos metros pudimos cruzar las primeras palabras: “Mirá, mirá”, nos decíamos. “Mira, la tapa de la Muy Interesante que teníamos en casa”, me dijo mi hermano. Efectivamente, no había en la entrada del museo, cosas que no fuesen de libre acceso para el resto de los mortales. Los recortes de diarios y revistas era una colección de esas noticias que uno descarta y que el verdulero usa para empaquetar huevos. Cosas como “Reaparecen las sospechosas luces sobre el Paraná”, o “Más animales mutilados en la zona de Concordia”, y notas recortadas de diarios regionales. Eso sí, mezcladas, había fotos que iban desde Alf hasta ET, pasando por el Alien de Riddle Scott. Un collage maravilloso de culturas, de fuentes, de matices.

“Vengan, pasen y después miran las fotos”, gritó la directora desde la habitación-auditorio. Allí nos esperaban unas quince sillas plásticas relativamente ordenadas de cara a una de las paredes dónde Silvia Pérez Simondini ( tal el nombre completo de la directora ) nos aguardaba tal como lo haría una profesora entrada en años cuando sus alumnos remolonean antes de entrar a clase. Tomamos asiento tratando de hacer poco ruido, pero ciertamente se oía nuestra respiración en un silencio tenso que parecía preceder al espanto o al júbilo pleno.

“Hola, bienvenidos al Museo del Ovni, yo soy la directora, mi nombre es Silvia Pérez Simondini”, dijo. Saludamos. Acto seguido, sin rodeos, agregó: “Son de Rosario”. “Sí”, contestamos algunos al unísono. “Bien, si trajeron cámaras…” (Nota: en ese momento pensé que nos iba a pedir que no tomáramos fotos, lo cual hubiera sido decepcionante) “…si trajeron cámaras, por favor sáquenlas y tomen todas las fotos que quieran. Acá van a ver cosas que no van a ver en ningún otro lugar”. Sin mediar trámite, mi hermano le sacó una fotografía a la señora. Yo lo miré cómo escrutándolo, preguntándome qué tenía de fantástico una señora medio desalineada hablando en una habitación bizarra.

La exposición de Silvia fue muy clara. Tenía respuestas para casi todas nuestras preguntas y cuando algo no lo sabía, se excusaba diciendo que “hay cosas que ellos no quieren que sepamos”. “Ellos, ¿quiénes?”, preguntó mi hermano. “Los gobiernos”, dijo, como si fuese una respuesta obvia. Transcurridos unos pocos minutos de charla, apareció el primer objeto-estrella del Museo. Se trataba, tal como lo explicó, de un “pedazo” de nave extraterrestre que había caído en el año 2000 en las cercanías de Victoria. Mientras ampliaba sobre el tema como quien ahonda en la descripción de una fruta, mantuvo el “objeto” detrás de su cuerpo como para que, al mostrarlo, tuviese mayor impacto. Lo cierto es que cuando lo mostró, todos percibimos que podría haber sido un pedazo de tanque de combustible de un Rastrojero. Nos explicó, en detalle, los incontables estudios que se habían hecho sobre el material que componía el objeto. “Nadie sabe de qué está hecho”, dijo. Más de cerca, se percataban algunos surcos que ella atribuyó a un “lenguaje de símbolos, similar al del código de barras”. “Toquen, toquen”, dijo, extendiendo el pedazo de objeto frente a nuestras narices. Mi hermano sacaba fotos como si estuviese ocurriendo un milagro. Todos tocamos con la yema de los dedos y luego cruzamos miradas de respetuosa incredulidad. Mi viejo, metalúrgico hasta la médula, se mantuvo inmutable.

“Pero ahora viene lo más maravilloso”, dijo. “¿La cámara tiene flash? Vení, quiero que le saques una foto y veas lo que ocurre”. Mi hermano se paró. “Vení vos”, me dijo, “sostenélo así”. Me dio el objeto y me pidió que los sostenga como un preso sostiene su ficha antes de ser inmortalizado por los flashes de la ley. Mi hermano, decididamente riendo, me fotografió. “A ver, mostrame”, pidió la directora. “¿Ven?”, interpeló extasiada. Pero antes de que alguien preguntase qué había que ver, completo: “El objeto se trasparenta”. Se hizo un silencio que debía preceder al asombro, pero solo fue silencio. Nadie de los presentes vimos que el objeto se transparente, ni en la realidad, ni en la foto. “Fíjense como se ve tu brazo claramente, aunque está detrás del objeto”. “Ajá”, dije, para nada convencido.

Una foto de Facundo (lu6fpj en Flikr) del OOPART que tiene el Museo.

Una foto de Facundo (lu6fpj en Flickr) del OOPART que tiene el Museo.

En una hora y media de charla, se trataron otros cuantos temas más: la colonización extraterrestre, la ascendencia marciana del hombre, el chupacabras, el área 51, los OOPART ( Out of Place Artifact, nos mostró uno genial ), los expedientes x, las religiones, los idiomas marcianos, la película Señales (de Robert Zemekis), Steven Spielberg, Los Simpsons, el ganado mutilado, las luces de Victoria, la llegada a la luna, Bin Laden, la inflación, el peronismo, Bush, etc.

Sólo opacada por la presencia de un niño llorón (cuyos desalmados padres no atinaron a retirar de la sala), fue una “clase” magistral de conocimiento, dedicación, vocación y, claro, paranoia y algo de fabulación (o autoconvencimiento). En fin, la oratoria de la directora del Museo del Ovni, Silvia Pérez Simondini, fue elocuente. No dista de la oratoria que puede tener un guía del Museo del Louvre y, de hecho, especulo con que seguramente aceptó más preguntas.

Con mi familia ya nos increpábamos con las miradas acerca de cuánto más se extendería nuestra presencia en ese lugar. Empezábamos a sospechar que, de un momento a otro, alguno empezaría a reír de los nervios. Nos conocemos. “Bueno”, empezó mi viejo, ya parado, “la verdad, muy interesante”. Lo dijo a modo conclusivo, con algo de burla. Pero Silvia se mostró siempre agradable, ajena y hasta inmune a los dichos de las personas que se acercan al museo.

Ya parados, mientras Silvia acomodaba los objetos con los que se había ayudado en su alocución, mi mamá propuso: “Hay que dejarle algo de plata”. Una idea que a mí me había sobrevolado de entrada. “Esta señora necesita plata”, había pensado. “Tengo $10”, dijo mi viejo, avaro. Concluimos en que era de buenas personas dejarle algo que fuese como el “bono contribución”. Cuando la directora se acercó, mi mamá le dijo, pudorosa pero al límite del altruismo, que le íbamos a dejar dinero. “Nosotros cobramos $5 por persona”, aclaró Silvia. “$25”, calculó rápido mi novia.

Salimos y las sombras ya se habían corrido unos metros. Había otra luz. Incluso, hubo quién propuso suspender el viaje a Paraná. Silvia nos despidió en la entrada del garaje como se despide a familiares lejanos, besándose varias veces, dándo recados de último momento y comprometiéndose a volver. Cosa que jamás ocurrió.

Resumo en que, como experiencia, es maravillosa. La cantidad de información dudosa y pruebas (a veces risorias y a veces inapelables) que tiene el museo (en la persona de su directora) es apabullante. uno sale de ahí con una sensación clara: hay gente para todo. Y no lo digo como una frase peyorativa, sino que lo digo tal como lo haría frente a quien realiza trabajos sociales. hay gente para todo. Fascina ver a esta señora, que bien podría jugar al siete y medio con sus amigas, cargando sobre sus hombros un proyecto tan noble, tan sincero y, a su vez, tan descabellado. Verdaderamente reconforta saber que hay personas como Silvia Pérez Simondini viviendo el mismo país que uno vive y que, pese a todo, eligió pararse en un lugar distinto, para planear cosas diferentes y contarnos el mundo con otras palabras.

Las fotos (yo perdí las mías) que lustran la historia son de la Página Oficial del Museo del OVNI, y de Facundo (que tiene unas fotos impresionantes en Flickr y recomiendo con los ojos cerrados [ abrirlos para verlas ] que los visiten).

Por último, dando vueltas, me topé con este singular video que cuenta otra experiencia de visita al Museo. Se trata de un corto de 9 minutos producido, dirigido y grabado por Patricio Carroggio.

16 comentarios

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16 Respuestas a “Museo del OVNI de Victoria, mi experiencia

  1. Zulema

    Estuve en el museo hace un año. Por un momento creí que no iba a salir con vida de allí. Vayan todos. Es una experiencia lúdico-científico-patafísica maravillosa. Como siempre, un gusto leer su blog.

  2. valgalaredundancia

    Completísima crónica.
    Solo quisiera hacer una aclaración importante, Silvia Pérez Simondini, és extratarrestre, no solo se parece.
    Un abrazo.

    Al resto de los lectores les digo:
    No dejen de ir!!!.
    Saludos.

  3. Anabela

    Mariano me pareció genial tu relato de la visita al Museo (más todavía porque todos los temas tecnológicos que posteas muchas veces me superan en conocimiento y me pierdo en las nubes al leerlos). Te digo que casi me sentí que lo hubiese conocido al Museo, muy buena reconstrucción y las notas de color. Yo estoy esperando el momento para ir desde que Franza lo mencionó una mañana, porque, la verdad, me intriga mucho saber porqué le dicen museo; es que estudio Museología y me llenan la cabeza con eso.
    Saluditos!

  4. miraloquedice

    [[Anabela]] Perdón por mi ignorancia. No sabía que se podía estudiar museología en Rosario. Así que leyendo, me enteré que es la primera que hubo en el interior del país. Qué bueno, no conozco a nadie más que vos que estudie eso. Buenísimo. Y che, desde que Pablo lo mencionó hasta ahora pasó como un año. Vamos, por qué no fuiste todavía? No te vas a arrepentir! Es un viaje de ida y además re-cortiro!

    Los “temas tecnológicos” son cosas de todos los días. Y trato que se entiendan. De hecho, lo que yo sé es muy poquito. Sólo soy un poco curioso e inquieto de conocimiento, digamos.

    Bien. Gracias por los elogios a la crónica. Por ahí me engancho y no paro de escribir. Creo que quedó larga para el blog, pero no supe que porción mutilarle. Espero que vayas y espero tu relato!

    Gracias por pasar, vuelva cuando guste. Traer galletitas Ser que estoy cero azucar!

  5. Pingback: Túnel Subfluvial Santa Fé-Paraná en 35 segundos « TODO LO QUE VEO

  6. lucadiroma

    Q bueno este museo. En Italia entre muchos museos, no tenemos uno sobre los “UFO” , como nosotros los italianos los llamamos (un dia voy a escribir un libro sobre el uso del ingles en el idioma italiano…).
    Muy bueno el blog, un saludo desde la Città Eterna.

  7. Grande Luca!!! Llevo 60 días de blogger responsable (antes no lo era) y 126 posts! Vos conociste este lugar cuando todos esos números eran 1: 1 post y 1 día!! Y recién ahora volvés! Qué bueno que hayas retornado! ¿Cómo anda la Unión Magistral? ¿Crece? Voy a pasar, aunque no tengo el juego.

    Snif, mi único cuñado!

  8. Pingback: lu6fpj: revelaciones de un trabajo formidable « TODO LO QUE VEO

  9. Alicia

    Mariano: Que bueno tu relato sobre la visita al Museo del Ovni.Parece un cuento de ficcion,pero se que es pura realidad.
    Mas alla si es cierto o no lo que nos cuenta su directora la señora Silvia Simondini,su pasion y sus relatos merecen todo mi respeto.
    Saludos.

  10. me parece muy pero muy interesante,esta pagina sobre los objetos no identificado,los felicito a todos udes,un abrizo muy grande para todas las gentes de entre rios,silvia liliana delmastro

  11. Finalmente este sábado pude conocer el museo!
    Tu relato es muy preciso aunque personalmente creo que no hay palabras para describir el autoconvencimiento arrollador de Silvia Simondini. No nos quedamos toda la charla porque mi novio es “José Escepticismo” y al rato quería huir pero yo quedé fascinada con esa mujer y el mundo que creó a su alrededor.

    Si te interesa, acá hay algunas fotos:
    http://www.flickr.com/photos/marisali/

    Saludos.

  12. Pingback: El museo del ovni - Blog de Viajes

  13. cecilia ferreyra

    Tuve la suerte de conocer el museo tres meses atras….
    La cronica sobre el mismo, es impecable.
    Sé que es dificil reconocer algo no comun para el ser humano, pero no podemos ser tan ignorantes de creer que somos los unicos en el universo, habiendo tantos planetas, aparte de la tierra.
    FELICITO Y ADMIRO a las personas que como Silvia optan por hacer realidad un proyecto de vida, lamentablemente son muy pocos lo que lo logran…

  14. Santiago Battiston

    Hola Silvia, buenas noches. Mi nombre es Santiago Battiston y tengo interes en visitar el museo. Este Sabado 09/05, estaremos en la ciudad de Rosario, y nuestra intencion es cruzar hacia Victoria a visitarlos. Soy aficionado de todo lo que es y comprende la Ufologia desde hace mucho tiempo. Me gustaria saber si los dias Sabados, el museo se encuentra abierto. Muchas gracias. Saludos.

    Santiago.

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