Una sensación individual de la comunidad

Estaba leyendo en el blog de Anabela una reflexión acerca de su sentido de comunidad. Una sensación que, dice, la atraviesa diariamente en sus acciones cotidianas. Mientras leía sus palabras, se me vino a la cabeza un texto de Fernando Pessoa que ahora voy compartir porque sí.

Antes, como algunos habrán comprobado en mi perfíl, tuve un gatito que se llamó Pessoa en honor al escritor portugués. Así que es un buen momento para explicarlo y, por qué no, entenderlo. Ahí va el texto que pertenece al Libro del desasosiego.

FERNANDO PESSOA (1988-1935)

FERNANDO PESSOA (1888-1935)

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única.

Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso.

No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son
almas.

Ciertos días, a ciertas horas, traídas a mi por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.

Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros [,] todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron.

Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase. ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda… Pero a mi, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie…

Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío?

Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la humanidad entera.

Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.

Sí, los demás no existen… Es para mi para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mi, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mi esta plaza abierta sobre el río cuya marca se acerca.

¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí…

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