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Bodas de plata para Microsoft Word

Hace 25 años era el año 1983 y yo andaba cursando segundo grado del colegio primario. Salíamos de una dictadura horrible, alcanzábamos la democracia con la que hoy ni comemos ni educamos. Y bueno, tantas otras cosas que no vienen al caso. Mientras eso sucedía en Argentina, dos jovencitos que se habían ido de Xerox, llamados Charles Simonyi y Richard Brodie, diseñaban el procesador de texto más exitoso de la historia.

El primer Word apareció en 1983 un procesador para Xenix MS-DOS. Recién en 1989 habría una versión específica para Windows. Sin embargo no fue hasta la llegada del Windows 3.1 que Word se convirtió en el procesador estrella.

RARO. Hay niños que hoy usan word que no existian cuando apareció esta versión.

RARO. Hay niños que hoy usan word que no existían cuando apareció esta versión.

A Word 1.0 lo sucedieron las versiones Word 2.0 de 1991, en 1993 el Word 6.0 (la idea era que coincidieran con las versiones de Windows), Word 95, Word 97, Word 2002 (Office XP en 2001) y Office Word 2007.

¿Quién no padeció las insufribles preguntas del Clip parlanchín que Microsoft trajo a la vida en Word 97 y pasó al lado oscuro en Office XP? Y lo bien que hicieron.

Si bien hace varios años que han intentado introducirse en el mercado otros procesadores e incluso, más recientemente, han aparecido los “procesadores on line“, parece complicado que la gente cambie sus hábitos de un cuarto de siglo. Aunque no hay que descuidar que una alternativa viable (ya es un hecho) podría ser el el soft de código abierto Open Office cuyos últimas mediciones hablan de la friolera de 3 millones de descargas. Una tendencia a tener en cuenta pese a que, lamentablemente, los número no le alcanzan para opacar el grado de penetración logrado por la suite paga de Microsoft Office.

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Julio Cortázar: 94 años

A pesar de que sólo me quedan algunos pocos apuntes y notas por leer de Julio Cortázar, su nombre me remite, por fin, a Rayuela. Y aclaro esta obviedad porque, como muchos, me llené la boca por años hablando mal de aquellos que creían que Cortázar era sólo Rayuela. Tanto, que con el tiempo llegué a hablar mal del propio libro.

Pero son caminos sinuosos, y muchas veces obtusos e inocentes, de los que ahora, bastante más adulto, ya no reniego. “Sí, lo hice”, digo. Lo hice con la misma inocencia tonta de aquel a quien le incomoda la llegada de nuevos “fans” al recital de su grupo de rock favorito. Bah, hace años que estoy amigado con todo ellos. Son bienvenidos.

Lo que cambió, en estos años, es mi relación con Rayuela. El capítulo que leía frenéticamente hace 13 años, hoy me parece precioso y cursi. Los capítulos inexplicables, inentendibles, indescifrables de Rayuela, hoy me parecen sublimes. Es decir que si hace 13 años, hubiesen existido los blogs y yo hubiese tenido el mío, en este post se habría publicado el Capítulo 7 o, arriesgadamente, el Capítulo 93 (tal era el nombre de un Blog que tuve hace unos años atrás) o el 62, que tanto me gustaba creer que me gustaba. Pero es el año 2008 y me gustan otras cosas. Cosas que ocurren.

Ahora tengo un libro añejado cuyo único capítulo subrayado es el 105. Feliz Cumpleaños, Julito!

Morelliana.
Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice “la cómoda de alcanfor”, ya nadie habla de “las trebes” -las trébedes-. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.
Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

(Capítulo 105, de Rayuela, de Julio Cortázar)

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