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Fotografías urbanas. Y bien rosarinas.

Una maravillosa idea de Martín Acosta. No sé, la verdad, si es el mismo Martín Acosta de la muestra ADN: Nietos Recuperados. Como sea, la idea es muy buena. Es una suerte de “Especial Multimedia” que reúne el trabajo de los fotógrafos del diario La Capital. Rosario Urbana, tal su nombre, tiene un texto de Hernán Miglione en su portada y se divide en fotos (hoy, ayer) y video. Con un diseño cuidado (aunque pasar de fotos es medio engorroso) el trabajo tiene variedad y, al mismo tiempo, profundidad. Cada instantánea está acompañada de un texto informativo y el crédito fotográfico. Vale la pena realmente, pasen y vean.

ESQUINA. Foto de Marcelo Bustamante.

ESQUINA. Foto de Marcelo Bustamante.

Una anécdota. No hace mucho, en el Café quisimos hablar con Nestor Juncos, fotógrafo del diario La Capital. La inteción había nacido de una foto tremenda que ilustraba la portada del diario y cuyo autor era Juncos. Nos costó un rato, pero finalmente un colega nos pasó el teléfono. Lo llamamos. Después de una breve charla en la que sólo pretendíamos explicarle el motivo del llamado, nos dimos cuenta del pequeño detalle: Nestor Juncos tenía cero onda. Así. Tal vez lo estábamos prejuzgando, pero lo cierto es que no nos trató nada bien y nos dijo que no tenía tiempo. Lorena, la productora, insistió hasta conseguir un leve maltrato que a todos nos pareció excesivo. Una lástima. Nos quedamos con las ganas de hacerle una entrevista y, además, nos encontramos con alguien medio feo. Quién sabe, tal vez tenía un mal día. Con el correr de los meses, algunas personas nos confirmaron: “Si, Nestor, es medio rayado“.

COMO PERRO. Foto de Ángel Amaya.

COMO PERRO. Foto de Ángel Amaya.

Otra muy breve. Me encantan las fotos periodísticas. Del diario Rosario/12 admiro mucho el laburo de Alberto Gentilcore. Hace unas semanas, en el almuerzo organizado por la gente amable de Micropack me tocó sentarme en una mesa junto al staff casi completo del diario. Curioso por saber cuál de ellos era Gentilcore, llamé por teléfono a alguien de la mesa para que me lo señale. “¿Cuál es Alberto Gentilcore?”, casi le grité. Un señor, Gentilcore, me miró con recelo. “Ese”, me contestaron, señalando con el dedo al aludido, que no dejó de mirarme. Casi muero de la vergüenza en ese momento. Quedé como un papafritas.

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